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Para entender el arte de Alonso Guardado

Rogelio Villarreal

 

I. El arte

No es poca cosa, lo es todo, en un siglo que se niega a mirar el futuro, sigue siendo un tema en boca de amplios sectores sociales en todo el mundo. El arte en la calle y en los museos. Todos los días millones de personas entran en contacto con las más variadas manifestaciones artísticas, ya sea en los grandes museos privados u oficiales o en las principales avenidas metropolitanas: piezas monumentales, enormes fotografías, esculturas que compiten entre sí por una dudosa originalidad, magnas exposiciones del arte de las antiguas civilizaciones, muestras espectaculares que viajan de uno a otro continente como si se tratara de la gira de alguna estrella de rock.

Y sigue en el aire, por otro lado, la añeja discusión acerca de la muerte y la súbita resurrección de la pintura y los problemas teóricos planteados por lo que Arthur C. Danto llama el fin del arte.

Al parecer, nadie es ajeno al fenómeno del arte, ya sea que se trate de observadores callejeros circunstanciales, estudiantes o de especialistas. Todos hemos tenido experiencias estéticas frente a cuadros colgados en una galería o ante una puesta de sol sobre un mar calmo exhibida en el jardín del arte —hay uno cerca de tu casa— o en medio de un performance en un solemne recinto oficial. De más está decir que no todos experimentamos lo mismo ante una obra de arte. Habrá quienes hace tiempo se sintieron sublimados por los nopales de latón en el Paseo de la Reforma , después por los balones desinflados de Gabriel Orozco en el Museo del Eco y recientemente por las vacas pintarrajeadas o “intervenidas” y entusiastamente plantadas en céntricas colonias de la Ciudad de México. O por los arcos inconclusos y abollados de Sebastián a la entrada de Guadalajara o por los cientos de piezas monumentales sembradas en distintas ciudades por el capricho de los gobernadores en turno. Pero otros decidirán con sobrada razón que esas mismas obras no son más que tomaduras de pelo.

Quizá una mayoría muestre su unanimidad ante la genialidad de Goya o de Matisse, y probablemente menos ante la de Warhol, Basquiat o Enrique Oroz. La diferencia estribará, desde luego, en la validación que han ejercido la historia y la academia sobre estos artistas y sus producciones, así como en la calidad y la especialización de la educación que se nos ha inyectado. Es obvio que un analfabeta o un letrado ignorante entenderán de maneras muy distintas una pieza de Barbara Kruger o de Alonso Guardado.

Jean Dubufett, en su breve libro Cultura axfixiante, habla también del otro arte, el que no fue favorecido por príncipes ni mecenas: el arte de los niños, de los locos y los enfermos. Y Ángel Escárcega, en Las claves secretas de las vanguardias artísticas, explica el desconcierto que cundió entre artistas y espectadores cuando el arte conceptual empezó a irrumpir en los años cuarenta en Nueva York y en París gracias al impulso decisivo de las tertulias y la fortuna de Gertrude Stein, entre otras esnobistas personalidades de la época. Este nuevo arte desdeñaba las formas tradicionales y convencionales y dio origen a una enconada discusión que pervive hasta nuestros días.

El panorama se complica, o se complementa, con otras formas de arte más recientes que apelan al horror y al desconcierto y que se construyen con elementos tecnológicos e incluso orgánicos como la sangre, la carne o la muerte. (Aunque debe decirse que muchas veces este tipo de arte se queda muy atrás de las espectaculares ficciones que vemos en la pantalla cinematográfica: los torpes movimientos de Stelarc y sus estorbosas prótesis robóticas dan pena ante el vertiginoso desplazamiento de Terminator, y las instalaciones, tan sobrevaloradas hoy, están lejos de la contundencia y belleza que alcanzan las que se imaginaron para la película La célula. )

Pero el arte es todo eso. Y si todo es arte, ¿ya nada lo es?

¿Pintura o no pintura? ¿Arte conceptual contra arte tradicional? Sea como sea, los pintores siguen pintando y, ensimismados, los artistas conceptuales continúan trabajando a sus anchas.

¿A qué viene todo esto? Al hecho casi inverosímil de que aún hay artistas que han elegido, pese a todo, seguir pintando. Pintores que ejercen su oficio sin el menor asomo de ingenuidad o conservadurismo, con plena conciencia, en medio de un mundo mediatizado casi en su totalidad. La pintura es para ellos la herramienta que les permite asirlo y comprenderlo y ofrecerlo de vuelta a quien quiera verlo transformado. Uno de esos pintores se llama Alonso Guardado.

 

II. El Nueve

El video-rock en vivo. “¡Bájate, bájate los calzones!” Una chava buenísima, de frente al público enardecido, se levanta la falda tableada para mostrar su bikini blanco al tiempo que les pinta violines y grita otra vez con su potente voz enronquecida: “¡Bájate los calzones, bájate los calzones!” Se dirige implorante a Saúl, guitarrista y cantante de Las Insólitas Imágenes de Aurora, que le responde que sí, al ratito. Esa canción la tocan casi siempre al final y el concierto apenas lleva dos. Aun así la chica, encaramada en un extremo del barandal del escenario, atraviesa con pasmosa facilidad la pista, embarrando su cuerpo caliente y sudoroso en decenas de cuerpos sudorosos y calientes, y llega al otro extremo, donde está Saúl, sube a la tarima y le suplica con su aliento alcohólico: “¡Bájate los calzones!” Saúl ríe. La chava enfrenta otra vez al público y comienza a bailar mientras Las Insólitas entonan otra pieza:

 

En las noches yo me siento

completamente solo

solamente yo me siento

no quiero sentir vacío

 

Un tipo, evidentemente alcoholizado, le alza la faldita a la gritona —que ahora se encuentra de espaldas— e intenta besarle el redondo culo. El público festeja y él apenas alcanza a esquivar la patada cargada de furia fugaz.

—Police en Londres, Talking Heads en Nueva York y Las Insólitas en México —afirmo contundentemente—, ¿o no?

—Ay, pero clairol —contesta con vehemencia el bello y alcohólico Claudio. Hace un mes que lo atropelló un autobús y apenas tres semanas que salió del hospital y ya está otra vez aquí, en El Nueve. A raíz del accidente perdió el bazo y la visión de un ojo.

—¡Carajo! Ya hacía falta un lugar como éste en la Zona Rosa —nos dice con su acento puertorriqueño, cariñoso y sonriente, Oliverio Hinojosa (la cintura más breve de la plástica nacional, según Monsiváis).

Una noche de ésas Pedro Meyer tomaba fotos en el antro. Escogía bien a sus sujetos, se paraba enfrente y ¡paf!, el flashazo. En otro rincón la doctora Elizabeth Romero se aferraba a un tubo para no caerse y aun así seguía bailando; un tipo la abrazaba por detrás y la manoseaba a placer por debajo del vestido. La cámara de Pedro también lo registraba. Al rato alguien se le paró enfrente y le dijo que a él nadie le tomaba fotos; discutieron y el tipo le tiró un derechazo, al que Pedro respondió rápidamente con otro; en un violento intercambio el tipo lo noqueó derribándolo aparatosamente. Los lentes y la cámara rodaron por la pista. Alguien lo ayudó a levantarse; estaba noqueado.

Es emocionante también ver las broncas que arman los que se emborrachan muy rápido y se calientan por cualquier cosa, un aventón o un reclamo: ¿¡Por qué tocas a mi chava, imbécil!?, y ¡pac! En un segundo los amigos le entran al quite, quince o veinte cabrones dándose en la madre con toda la furia espontánea que les permite su embriaguez, bajo las potentes bocinas que le ponen ritmo a cada puñetazo y entre los rudos intentos de los fornidos meseros por separarlos y arrojarlos por las escaleras hacia la calle.

Un espectáculo soberbio lo dieron dos hermosas mujeres, una rubia y una trigueña, minifaldas de cuero y medias de colores estridentes, cuando empezaron a abofetearse por el amor de una tercera, explicó alguien, y pronto cayeron al suelo trenzadas de las abundantes greñas. Las dos se insultaban con rabia y se rasgaban la ropa y la piel. Nadie se atrevió a separarlas. Después de un largo rato se quedaron inmóviles, jadeando, sudorosas.

Ah, y los monitores de TV. Hiperkinéticos, hipnotizantes, luminosos, se suceden unos a otros los video-rocks de moda y su alocada y caprichosa sucesión de imágenes. El discjockey pone “In Between Days”, de The Cure, pero en la pantalla se ve el “Big Time” de Peter Gabriel. Escuchas “Un hombre de verdad”, de Alaska, que celebran entusiastas todas las locas presentes, pero en la tele miras a las espigadas mujeres de negro que acompañan a Robert Palmer en “Addicted to Love”. El d.j. cambia de canal y aparece Reagan; vuelve a cambiarle y ahí está el pato Lucas con su travieso humor grouchomarxista; el canal de Playboy atiza la lujuria de algunos solitarios, después Miguel de la Madrid , con sus ademanes amanerados, habla en vano a la concurrencia; ahora la bandera tricolor ondea sobre todos nosotros al compás de la versión remezclada de “Machinery”, de la banda alemana Propaganda. En la pista una joven Madonna baila sola contra la pared; parece surgida de uno de los videos; tiene los ojos cerrados y todo su cuerpo se mueve frenéticamente pero con elegancia, al igual que sus numerosos collares. Está bañada de un sudor caliente, desciende de la tarima resoplando y echándose aire con las manos. Da un trago al Alfonso XIII que dejó en la barra.

Con ustedes, la más hermosa de todas. Entra Maricela, radiante, preciosa, más alta que la mayoría de los hombres, enfundada en un elegante vestido blanco que se le pega al cuerpo. Todas las miradas —con una mezcla exacta de lascivia, súplica y admiración— buscan sus hermosos ojos profundamente azules y artificiales. Maricela se esconde, se pierde y de repente aparece como una ráfaga de luz. Asediada, cortejada, manoseada, hostigada, Maricela mira con ingenuidad y candor.

—No lo vas a creer, pero ésa antes no era mujer...

—¿Qué? No mames, qué dices...

—Como te digo, en serio, cabrón...

—¡Puta, hasta me dolió el estómago!

Maricela, impasible, gigantesca muñeca Barbie, sonríe y habla con alguien que estúpidamente cree que ya se la ligó.

—¿Y tú te acostarías con ella? —pregunta una chava a su galán, quien le contesta en tono de no seas boba:

—No mames, qué preguntas...

Noche de cine. Los ingenuos estudiantes de Ciencias Políticas de la UNAM atiborraron El Nueve la noche que se presentó Intolerancia, la revista de cine de Andrés de Luna y Gustavo García. Algunos de los habitués fueron disfrazados: Santiago Fortson de perro (dijo que iba de Festival de Canes); Siro Basila con un traje de Malcolm McDowell en Naranja mecánica; Claudia Fernández, bellísima en su primera noche en El Nueve, con una caracterización de Frida Kahlo que Ofelia Medina se hubiera muerto de envidia —lástima que no pudo concursar para el mejor disfraz por culpa de la barra libre:

—Quédate, vas a ganar, son cinco mil varos de premio.

—Nel, hijo, ai me los guardas, ya estoy muy peda. Pinche ron de mierda que dan aquí.

La leyenda continúa. Dos meses antes de morir aplastado durante el terremoto del 85 Rockdrigo y su grupo Qual tocaron en El Nueve. El público coreaba “Metro Balderas”: “Vida mía te busqué de convoy en convoy”. La disco era un hoyo fonqui.

—Sincho, pero más cuando tocó el Tri. Hasta apagaron las luces. Esa noche la banda se dejó venir al mero corazón de la zonaja.

Y, de paso, muchos intelectuales se ahorraron el viaje a Tlatelolco o a Neza para saber cómo es un hoyo fonqui: Lora mentaba madres, gritaba y cantaba con su voz chillona y rasposa. La locura cuando les dejó ir “Triste canción de amor”, aunque pocos oyeron la versión que canturreaba Claudio, irónico y fastidiado, en un rincón:

 

Y en la inmensidad los dos

unieron sus nalgas para darle vida

a esta pinche canción de horror .

 

Las tres de la mañana. La gente toma, baila, suda, se restriega. El reventón se prolonga hasta el alba. Los meseros prenden las luces y también le entran al desmadre: lanzan hielos a diestra y siniestra y ¡puta!, a esconderse todos. La gente sale poco a poco, como si tuviera miedo del día.

Paisaje después de la batalla. Escenario de ligues y decepciones, de fajes peliculescos y miradas bragueteras, reducido antro donde conviven lesbianas de insólita belleza y vestidas decadentes y glamorosas —“Ay, yo regia y cua-ja-da, como reina, honey”—; anacrónicos posjipis en vías de extinción y neopunks de boutique; rockers gruexos y pesados y escuincles estirados y fresas; hijitos de artistas famosos y juniors insoportables, despistados estudiantes pseudomarxistas y galanes cachunescos y farsantes, bugas alivianados y machos calados; norteños vergonzantes y jovencitos fascistoides; filósofas frígidas y profesores nihilistas; pusilánimes intelectuales coyoacanenses —“Víctor, déjame entrar, soy amigo de Monsiváis”— y mujeres de extraña hermosura.

El Nueve se va quedando solo, inhóspito y limpio, a la espera de la oscuridad y de la inagotable, incansable, insaciable fauna nocturna de la ciudad más grande y desolada del mundo.

[1987]

 

III. Alonso

El de Alonso Guardado (Mazatlán, 1972) quizá sea el único caso de un artista formado no en la academia, sino entre la penumbra, los humores y el escándalo de un bar. A su llegada a la Ciudad de México, apenas salido de la adolescencia, el artista en ciernes conoció a Henri Donnadieu, imaginativo promotor cultural y anfitrión, con el fallecido Manolo Fernández, del legendario e irrepetible Bar El Nueve. Henri lo presentó a los artistas e intelectuales que en la segunda mitad de los años ochenta frecuentaban ese pequeño y atestado antro de la Zona Rosa (y cuyo minúsculo espacio era inversamente proporcional a la valía de todos sus ilustres habitués). Entre tantas personalidades, Guardado se sintió atraído por el genio de Juan José Gurrola y del ensamblador Enrique Hernández, maestro entrañable cuyo consejo era, invariablemente: “Nunca tengas miedo de arriesgar”. Allí, en El Nueve, presenció la ejecución de un mural pintado al alimón por David Hockney, Alejandro Arango y el terrible Gurrola.

Así, el aprendizaje del joven sinaloense transcurría entre el estruendo del bar y los incitantes talleres de sus nuevos maestros, aunque también había incursionado en el Núcleo de Estudios Teatrales dirigido por De Tavira, Caballero, Castillo y Mendoza —las grandes figuras del teatro mexicano. Todo lo que tuviera que ver con la imagen ejercía una fascinación irresistible en el ávido artista. El cine de Peter Greenaway, Werner Herzog, Tim Burton, Takeshi Kitano y Fritz Lang se convirtió en su pasión.

Sin embargo, la vida en el bar era un torbellino irrefrenable que arrastró al artista —como a muchos más— al fondo del abismo: “Mi vida era una mezcla explosiva de plástica, música, literatura y reventón”. Ahora, años después, Alonso Guardado experimenta un renacimiento tras haber pasado por una dura etapa de rehabilitación. Pintor y escultor, su obra, exhibida ya en galerías y publicada en revistas, se acrecienta con el tiempo, lo mismo que su pasión por el arte. “Pero no me interesa contar historias, sino presentar personajes e imágenes únicas, contundentes, impactantes”, dice. Una de sus series lleva por título Impostor y se basa en la apropiación de las personalidades para transformarlas en otras mediante imágenes: dice Alonso sin rubor, quien también se siente en deuda con el graffiti callejero y sus trazos vitales y violentos. Otro proyecto suyo, “Nervous”, se publicó simultáneamente en varias revistas de la Ciudad de México, convirtiendo sus páginas en galerías ambulantes durante tres meses de 2005. “La pintura está más viva que nunca”, afirma. Y eso hay que celebrarlo. Pintar sin más compromiso que el que se adquiere con uno mismo, con el arte. Lejos de grupos y mafias. En medio de una isla de creación pero con línea directa con la realidad. Las pinturas de Alonso Guardado, estridentes, vitales, tienen el sabor del arte salvaje que se va refinando a sí mismo. “Desde que tengo uso de razón”, dice Alonso con ironía, “se viene diciendo que el rock está muerto, que la pintura está muerta... pero yo sigo pintando como si fuera la primera vez”. Es cierto, a cada cuadro de Alonso Guardado la pintura renace de nuevo. Y eso, debemos repetirlo, hay que festejarlo.

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Rogelio Villarreal es autor de El dilema de Bukowski (Ediciones Sin Nombre, 2004) y director editorial de la revista Replicante .

 

 

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